Rafael Cardona
Opinión de Rafael Cardona
Por: Rafael Cardona
Los días de enero
21-Septiembre-2017
 
Los días de enero tienen algo de grisura elemental.

Primero nos amenazan con una cuesta de dimensiones siempre graves cuya ladera, como la del pobre Sísifo, hace ardua la tarea de empujar hacia la cumbre y dejar ahí para siempre, los buenos y casi siempre incumplidos propósitos, pero cuya dificultad actual no hace sino convertir la desgracia de cada año en la horrible tragedia de éste cuya incipiente condición de cataclismo previsto, nos lleva a una esquina neutral para esperar la cuenta protectora de doce meses, por lo menos.

Mañana por la noche los Magos de Oriente, con sus alforjas rellenas de regalos cuya materia nunca hemos visto ni veremos, cruzarán los imaginarios cielos de la tradición y marcarán sin remedio, entre roscas esponjosas, muñecos de hilaridad ya imaginada, chocolate u otra bebida de aroma o espíritu fugaz, y pronto, muy pronto, el puente Guadalupe-Reyes habrá alcanzado la ribera de la vida normal. Todo terminará. Las vacaciones, con su evidente dosis de masoquismo serán materia de presunción oficinesca o secreto arrepentimiento.

El ciclo de la poca originalidad se cumplirá una vez más.

Todos hacemos lo mismo, porque los demás repiten iguales cosas, como nosotros. El gran zoológico de la Navidad, las vacaciones, los regalos, las posadas, las fiestas, los viajes sin motivo ni disfrute; las carreras, los vuelos retrasados y caros (Interjet sin aviones; Aeroméxico sin remordimientos); los parientes pobres, los parientes ricos, todos en la misma ensalada de los tiempos libres, disponibles, obligatorios en el aprovechamiento forzoso e irreflexivo; el rito de salir por salir, viajar por hacerlo (los demás lo hacen también), se habrá cumplido casi con el cronómetro del perro pavloviano.

Pero esto no se debe pensar ni mucho menos escribir. La palabra “grinch” se utiliza para todo quien se atreva a opinar en sentido contrario a esa falta de imaginación llamada “la tradición”, la cual no es sino repetir y repetir las mismas palabras en las mismas fechas, con los mismos ingredientes, con las mismas falsedades.

Y ese no es un fenómeno exclusivo de nosotros los mexicanos. Es cosa universal.

El impulso gregario, la respuesta a los estímulos arraigados, son conductas generales en cualquier parte del mundo.

El fin de un año y el comienzo del otro, forman un anillo previsible cuya aleación se hace combinando dos metales: costumbres y familia, siendo ésta la más arraigada de aquellas. Todos tenemos una familia cercana y otra distante en grados progresivamente diluidos, hasta llegar a tías desconocidas cuya existencia se revela en velorios y bodas. A veces a fin de año.

—¿No te acuerdas? es tu tía Juanita quien enviudó de un señor aguacatero de Uruapan; le dicen a la señora cuyos ojos luchan por identificar a la anciana desdentada, quien solícita le dice: mi’jita, mi’jita, ¡cuánto has crecido! No importa si la aludida mi’jita tiene sesenta años.

Pero son estos días oportunidad para muchas cosas, hasta para ver a parientes cuya lejanía nos demuestra su escasa importancia. Si nos sirvieran para algo como no sea desentrañar las lianas del árbol genealógico una vez al lustro, los veríamos con frecuencia. Pero ni nos importan ni les importamos. Mejor.

Existe la falsa idea del amor familiar y como diría don Miguel de Cervantes, la fuerza de la sangre. Mentira. La mayoría de nuestros parientes, nos caen gordos, especialmente los llamados “políticos”, es decir, aquellos cuya cercanía proviene de la familia conyugal. A la cabeza de ellos, no se necesita repetirlo demasiado, está la suegra, cuyo papel en la vida no requiere espacio en esta columna. Todo mundo sabe cuál es.

Pero con diplomacia o con hipocresía (la primera es igual a la segunda, sólo con voz más templada y mejores modales) todos tiramos el carro de las costumbres y la vida social.

Muchas veces queremos escapar, pero los impulsos atávicos y las presiones hogareñas son más fuertes. Y entonces practicamos el verbo fundamental de la convivencia humana: condescendemos, toleramos, celebramos el disgusto, ocultamos el mal humor y como nos dicen de los peces en diciembre, bebemos y bebemos y volvemos a beber. A veces sólo así se sobrellevan estos días. A veces, ni así.

Mientras tanto la realidad teje su manto. Lo destejerá en el siguiente diciembre, como aquella doña Penélope cuya sagacidad fue (en el mejor sentido) homérica.

A final de cuentas la vida es siempre así. Se repite, se repite en medio de nuestra inevitable tendencia de renovarse o morir.

Y un día, pues nos morimos y el rito funerario colma la última tradición, aunque de ella no podamos darnos cuenta.

De todos modos, feliz año. Si se puede.

elcristalazouno@hotmail.com

Twitter: cardonarafael
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